7 de diciembre de 2008

La estatua

 

Un día cualquiera, los dos orificios de líneas almendradas se abrían lentamente con la llegada de la primera luz, que se acercaba por el alargado corredor solitario como los pasos de un acólito tímido y temeroso. El dios se alegraba de la luz que inundaba su continente, todavía adormecido después del lento lapso de la noche.

Progresivamente, el corredor se teñía de los tonos tornasolados que iban descubriendo hilera tras hilera de iconos en la pared. De vez en cuando, el dios se arrimaba a los dos orificios para intentar seguir las interminables secuencias de señales que estaban grabadas en la pared, pero nunca lograba ir más allá de una mera intuición de sentido.

A media mañana, con puntualidad matemática, y justo cuando el dios solía caer en una distraída ensoñación, el aire se llenaba de la fragancia dulzona y vaporosa de unas delgadas cañas humeantes que distribuía ecuánimemente por el pasillo un muchacho de toga larga, paso corto y coleta lateral. Al principio, el dios había llamado al muchacho, le había susurrado saludos, le había lanzado palabras de cortesía e incluso le había gritado órdenes, pero la voz no parecía salir nunca de su oscuro continente, separado del mundo por esos dos ojos de luz.

Cuando el aire estaba ya lleno de la periódica humareda, aparecía el hombre. Era un hombre corpulento y bien cuidado, sin pelo, vestido con dos o tres capas de telas ricas y finas unidas por broches relucientes. A base de observar a diario cómo el hombre hacía sus movimientos y decía sus palabras, el dios había ido advirtiendo los efectos del tiempo en la carne, desde la suave frescura de la tez juvenil hasta la textura reseca de sus años maduros.

Lo que había cambiado menos o nada era el comportamiento del hombre. A lo largo de los años, los movimientos se volvían más precisos y ligeramente más pausados, pero eran esencialmente los mismos. Incluso el movimiento de los labios, del que el dios había inferido o imaginado una intención, no había cambiado en absoluto.

Ciertos días, con regularidad ritual, el hombre aparecía seguido de un número determinado de hombres, mujeres, niños y animales, y realizaba el sacrificio de unos u otros en una superficie plana de alabastro, que quedaba cerca de los dos orificios desde donde el dios presenciaba el espantoso espectáculo. Esos días le resultaban especialmente difíciles de superar, ya que su continente se llenaba con el hedor de la carne recién muerta y tenía que retirarse a un rincón remoto, escondiéndose en sus pensamientos para olvidar ese olor fatal. El dios lamentaba no poder comprender qué crimen habría cometido para recibir semejante tortura.

La mayoría de las tardes transcurrían plácidamente. Un muchacho (acaso el mismo que el de la mañana) traía paños coloridos, con los que envolvía el exterior del continente, que con el tiempo y el estudio preciso llegó a entender que estaba moldeado a imagen y semejanza de esos hombres de curiosas costumbres.

El momento del día en el que la luz se iba alejando lentamente hasta desaparecer era el preferido del dios. Ya no se acercaba nadie más, el silencio era absoluto y el dios se dedicaba a recorrer los rincones de su continente, como releyendo las lecciones de un libro ya sabido. Eran momentos que sumían al dios en una paz serena y mística.

Sólo en alguna rara ocasión, el dios se veía perturbado por la duda, por el terrible temor de no llegar a comprender nunca cuál era su función allí.

 

El yoológico


Cuando llego a la puerta del recinto y veo el cartel de la entrada, no puedo contener una risa tonta. Pienso en lo ignorante del que ha escrito el cartel:

yoológico

Descuido ortográfico, tecla errática... Sigo riendo cuando pago la entrada (el empleado de detrás de la ventanilla me suena de algo, pero es un algo que no sé ubicar) y me adentro en el recinto.

Pensaba coger un plano del complejo, un itinerario, una descripción del contenido de cada jaula y de cada parcela, vaya, un folleto, pero lo olvido. El día está nublado y algo nebuloso, así que creo que no llego a advertir el hecho que estoy solo en el recinto.

En la avenida principal, a la derecha, la primera jaula. Me voy acercando. Me acerco. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Quién ha colocado un espejo dentro de la jaula? Alguien con muy mala idea, sin duda. Ahí dentro, detrás de los barrotes, veo la misma imagen que me ha aparecido esta mañana al lavarme la cara. Me miro y hago una mueca espantosa. ¡No! ¡No se mueve! Ese tipo (casi yo) de detrás de los barrotes se vuelve, molesto, y se sienta en un rincón lejano e inaccesible a rascarse los sobacos, musitando continuamente.

Dejo atrás la jaula. Cruzo un jardín y llego a una gran verja ovalada que encierra un gran estanque ovalado. En su interior, una islita, ovalada también. ¿Y en la islita? Pues hay un tipo parecido a mí, pero que lleva una gran barba descuidada y una horrible melena. No lleva ropa y se arrastra por el suelo en lugar de caminar. Siento vergüenza de mí... de él... Me alejo.

Pronto me encuentro en un largo pasillo flanqueado por grandes jaulas cúbicas, rellenas de árboles, matas y lianas. Y en cada jaula estoy yo, distinto pero igual, de niño, goteando mocos y riendo histéricamente al saltar de liana a rama y de rama a liana. Corro por el pasillo, mareado por mis chillidos y chistes y llantos y riñas y cantos de infancia.

Al final del pasillo encuentro un pozo, casi caigo del impulso. Dando vueltas de acá para allá y de allá para acá en constantes círculos, hay cinco o seis yos, velludos, voluminosos y viejos. En un rincón, un yo enorme y grasiento está montando a otro yo, débil y sumiso. Estoy a punto de vomitar. Corro.

Encuentro un rincón desolado con una jaula abierta. Entro. Cierro. No parece haber nadie más. Me acurruco en un rincón. Me molesta la camisa, los pantalones, los calzoncillos. Me los arranco. Casi rujo de satisfacción. O rujo. Se me cierran los ojos, agotados de ver.

Duermo.

Por la mañana, veo acercarse un hombre. Podría parecerse a mí, pero va limpio y uniformado y yo estoy mareado y hambriento y sólo me preocupo por ese troncho de carne que me lanza desde los barrotes. Lo devoro deprisa, con dientes fuertes, fieros. Y en seguida me retiro a mi rincón.

Creo recordar que me preguntaba quién... un espejo... una broma... pero ahora mismo sólo quiero hacer la digestión, gruño levemente, agito la cabeza y cierro los ojos justo cuando se acercan los primeros visitantes.

 

5 de diciembre de 2008

Cada uno de los órganos glandulosos y salientes que los mamíferos tienen en número par y sirven en las hembras para la secreción de la leche


¡Ring!

-¿Sí?

-Soy yo.

-¡Hostias!

-Oye.

-Creía que no querías hablar conmigo. Al menos...

-Oye.

-¿Qué?

-¿Has visto mis tetas?

-...

-¿Las has visto?

-Pues hace tiempo que no, ya sabes, desde...

-Mierda.

-¿De qué va todo esto?

-Las he perdido.

-...

-¿Me has oído?

-¡Ja, ja, ja, ja!

-No te rías.

-¡Jaaaa, jaaaa, jaaaa, jaaaa!

-No me jodas.

-Ja, ja, ja... ¿Las has perdido?

-O se me han escapado. He pensado que quizás habían venido a tu casa. Al fin y al cabo, allí fue donde...

-Espera un momento. Llaman a la puerta. ¡Ya voy!

-¿Quién es?

-Espera, mujer. Vamos a ver. (A la puerta) ¿Sí?

-¿Quién es?

-No sé, no contestan. Espera, que abro. (Abre) ¡Hostias!

-¿Qué? ¡¿Qué?!

-¡La madre que me parió!

-¡¿Qué?!

-¡Son tus tetas, están aquí!

-¿Y quién las lleva?

-Nadie, vienen solas. (A las tetas) Pasad, pasad.

-¿Seguro que van solas?

-Sí, sí. Supongo que habrán llamado con los pezones. Siempre los tuviste... prominentes.

-Pensaba que te gustaban.

-Y me gustan. Todavía me gustan en su totalidad. Mmmhhh...

-¿Qué haces?

-Quería recordar qué tacto tenían.

-Oye, no te pases.

-Pensaba que te gustaba a ti también.

-¿Pero qué hacen? ¿Qué dicen?

-Pues lo que es decir, no mucho. Pero se han puesto muy contentas.

-¡¿Se puede saber qué estás haciendo?!

-Ji, ji, ji...

-¡Oye!

-Je, je, je...

-¡Basta ya! ¡Serás cerdo!

-Pues a ellas les encanta. Oye, creo que voy a colgar. Ji, ji, ji...

-¡No! ¡Oye! Tienes que decirles que vuelvan.

-No creo que estén por la labor. Jo, jo, jo...

-¡Tienen que volver! Son mías.

-Bueno, hace tiempo que no las utilizas, ¿no?

-...

-Quiero decir que...

¡Clac!

-Ha colgado…

(Silencio)

-Vaya.

(Silencio largo)

¡Ring!

-¿Hola? ¿Eres tú?

-Snif, snif.

-Oye, lo siento, era broma.

-Snif.

-Anímate un poco. Oye.

-¿Sí?

-¿Haces algo mañana?

-No.

-¿Te vengo a ver?

-¿Me las traerás?

-¿Cómo?

-¿Me traerás mis tetas?

-Ah, sí. Je, je...

-Hasta mañana.

-Hasta mañana.

-Ji, ji.

-Je, je.

Clac.


la marioneta


no ha sido

ni excitante

ni escalofriante

despertar hoy

y darme cuenta

de que soy una marioneta


mis extremidades cuelgan

con una inercia expectante,

los ojos, redondos e intensos

en exceso,

me dejan ver el mundo

al abrirse

un sencillo mecanismo de madera


y a mi lado

en un cesto de mimbre

hay una colección de sonrisas,

muecas, 

bocas abiertas,

labios piñoneros

y demás expresiones

para colocarme

según convenga


me levanto,

desperezo las articulaciones

-cortesía de un bendito ebanista-

y empiezo la función,

un número sencillo

con gag final,

realizado 

con cierto automatismo

pero

con la reconfortante sensación

de ser yo

quien maneja los hilos


La utilidad del cortapizzas (Capítulo 1)

1

E. jugueteaba con las llaves del bolsillo, metálico y plástico repiqueteando detrás de una cremallera, cuando vio a una mujer al otro lado de la calle. Una mujer en aquella su calle. Una mujer. Un fogonazo rojo descarado con mechones de mujer.

Cruzó por delante de un coche, que frenó con un estallido de nervios neumáticos, y corrió hacia ella, un ataque frontal sin planificaciones, reflexiones ni arengas. Ella sólo pudo pararse, abrir mucho los ojos, o abrir los muchos ojos.

Él le arrebató la atención cogiéndola de la cintura, una cintura cariñosa, sin resistencia. Y le impuso o le regaló un beso que decía: no te muevas o te morirás de ausencia de felicidad. Ella también cerró los ojos. Aparte de exactamente tres palomas que los rozaron con su vuelo, ya nada se movió en el callejón excepto su excitación.

No. Todo esto es mentira.

O sea, todo no. Es cierto hasta “con mechones de mujer”. Él no cruzó. Él se quedó delante de la puerta, una puerta casi invisible, en cuyo reflejo pudo ver como esa mujer se alejaba, esa mucha mujer se alejaba taconeando un adiós. Le siguió un eco que inundó el callejón resonante.

E. entró en el bloque y subió con el elevador hasta un piso que resultó ser el suyo, el recibidor le acogió con música y el blanco pasillo eterno se le hizo algo más que eterno. Y al llegar al asiento alargado, cortés y cómodo, se dio cuenta de que ya había visto antes a esa mujer.

También se dio cuenta de que seguía en buena medida espiándola desde el reflejo de la puerta casi invisible del bloque, inmóvil, con la llave impaciente en la mano, y ella se alejaba taconeando hacia la plaza de las Seis Esquinas.

Pronto pasó un coche patrullando y E. automáticamente abrió la puerta invisible pero sólida y subió con el elevador. Esta vez sí, el recibidor le acogió con música y al final del pasillo algo más que eterno se sentó en el asiento alargado, cortés y cómodo. Y ahora que estaba ahí se dio cuenta que ya había visto antes a esta mujer.

Todo esto es verdad.